viernes, 22 de febrero de 2013

CAPÍTULO II: VILLA ESPERANZA

Como no podía ser de otro modo, el Domingo al borde de la cama me tomé 5 mg de Diazepan dispuesta a que la noche me dijese que sólo había sido el día.

En el desayuno copioso de café y tostadas del Lunes conservaba los efectos sedantes e hipnóticos de la benzodiacepina. Con esa relajación muscular de repente caí en la cuenta de que podría estar sufriendo algún tipo de trastorno mental. La sangre se me hizo agua y se depósito en forma de un torrente de sudor en cada uno de mis pliegues. 5 minutos después y un relajante muscular más, me escuchaba atentamente el corazón para encontrar una taquicardia que no llegó y tampoco en la hora siguiente mientras conducía hacía Alicante. 

Las emociones narcotizadas fueron capaces de dejar algo de espacio a la razón. Si fue sólo una ilusión puede tener solución, es controlable.- me repetí aparcando.

Llegué 15 minutos antes en la sala de espera de la Comisión de Protección de Menores de la Dirección Territorial, donde había de defender la derivación de dos pequeños gemelos con VIH a un recurso de protección de la Generalitat. Simulé leer el periódico provincial mientras me abandonaba a mis pensamientos.

La Comisión de Protección de menores, era la competente para resolver los casos de la infancia en desamparo o cuya guarda correspondía a la Generalitat. Desde los servicios municipales, se debía de informarles de los procedimientos de emergencia que se hubiese articulado en la protección de menores, como era el caso de mi actuación del fin de semana en el Hondo. Me quedaba por tanto la duda de si no debía informar del incidente a la Comisión. Tal vez la Guardia Civil o los servicios sanitarios hubiesen mandado notificación a la misma vía fax...De repente el periódico ganó la batalla de la concentración cuando en la página 17 encontré el nombre del inspector:
(...)y, según declaraciones del inspector de la EMUME Santiago Valle, los servicios de asistencia sanitaria y la Guardia Civil, habían acudido al lugar siguiendo la alerta de un visitante del parque natural que había encontrado un rastro de abundante sangre. Tras dar con el rastro se confirmó que era sangre de origen animal, localizándose varios cánidos muertos, que constituían la prueba de una importante pelea territorial.
Era una nota pequeña, en el diario provincial pero me desconcertó tanto la creatividad del Señor Valle como que el incidente hubiese llegado a la prensa.

Maravillas Vazquez, era la directora del servicio territorial de protección, abrió por fin la puerta para convocarnos. Se había diplomado dos años después que yo, había coincidido con ella en las juntas de representantes de alumnos. Desde mi contrato nos habíamos reunido sólo una vez, en las que ambas ante el reencuentro declaramos lo estupenda que estaba la otra, y sólo ella disfrutaba sabiendo que su posición laboral era la mejor. En mi turno de exposición, conseguí trazar el sumario de los 2 expedientes, pendiente de cualquier señal que me confirmase que se había enterado de la pequeña movilización de recursos que había llevado a cabo el fin de semana. Cuando concluimos el debate del destino prioritario de los niño, alzó la vista callando por un tiempo largo e indeterminado y finalmente preguntó:
¿Alguna cosa más, Bárbara?.
Le sostuve la mirada, sufriendo el sonido de la grieta que se habría en mi conciencia de enfermedad. Y poniendo por encima la certeza del interés supremo del menor sobre la posibilidad de mi enfermedad, o sobre la probabilidad del ridículo profesional más absoluto, improvisé:

De hecho sí.- Dos vecinos del barrio me han parado está mañana. Me han contado que habían visto a 2 niños vagando por la noche por el sector V, uno pre-adoslescente y otro de unos cuatro. No sabían sus nombres y no habían llamado a la policía. ¿Ha llegado alguna noticia desde los centros de protección?. ¿Algún ingreso en el Centro de Recepción?. 

Mara abrió mucho los ojos. 

Ah pues...- Se levantó y recogió una subcarpeta de su mesa-. Me pillas sin haberme repasado las notificaciones del fin de semana. Déjame que chequee las fugas y los ingresos. No, nada de esas características. 

(...) 


Los siguientes meses los pasé de baja, atendida por el Doctor Quique Sigueira, bajo la cobertura de mi seguro profesional. En el adosado convivía con una señora con una demencia moderada, Doña Marisa, que decía que le recordaba mucho a su hija y cuyo gozo por tenerme allí superaba cualquier compasión por mi enfermedad. 

Villa Esperanza era un complejo residencial privado atendido y gestionado con propósitos sociosanitarios, junto a las unidades de diferentes tipologías de pacientes crónicos, se hallaba otra de rehabilitación temprana. Aunque no existía una unidad de hospitalización psiquiátrica, estaba autorizada para el tratamiento a sus residentes y contaba con un buen equipo de médicos y terapeutas versados en las diferentes patologías que podían causar daño psiquiátricas y neurológicas. 

Además de la confianza que me inspiraba el camerunés Dr. Sigueira, Villa Esperanza contaba con unos interesantes jardines y un férreo control de rutinas. El tiempo muerto era tan despiadado que hasta las enfermedades salían despavoridas hacia otros cuerpos más briosos que poseer.

Inexplicablemente para el fruto tan amargo que recorría mi cabeza, las primeras semanas me encontraba relajada y feliz. Me abandonaba al estado narcótico y dejaba la visión seguir: 

Marcus amasaba con con otros tres niños vestidos con similares chaquetas de lana. Había un horno de piedra en un jardín interior. Entraba la luz por entre la urdimbre de cañas que constituía una especie de techado. 

Otro día recogía guisantes todavía con dificultad por el vendaje en el pie. Un tercero ayudaba a una niña a freír picudos rojos para el aperitivo. Un hombre de mediana edad supervisaba de vez en cuando sus tareas y alimentaba a varios niños y ellos le obedecían con disciplina férrea.

Marcus además asistía con devoción a las reuniones con una vieja señora que le enseñaba música, autocuidado y pre-lectura. 

Por la noche, en el adosado junto a Marisa, practicábamos ejercicios de memoria y anotábamos en el expediente de Marcus B.P, los descubrimientos del día. Obviando consideraciones sobre explotación infantil y el estilo laxo de supervisión podría decirse que parecía que tenía un hogar seguro.

Durante los dos primeros meses, El Dr. Sigueira diagnosticaba que se trataba de una alucinación pero no encontraba el resto de la sintomatología que pudiera señalar que tipo de trastorno la causaba. Me prescribía diferentes modalidades y combinaciones de medicamentos, advirtiéndome que estaba recurriendo auna metodología de ensayo y error. 

A veces me levantaba sedada y rígida, tanto que me asignaron también una jóven auxiliar, Eva, que hacía prácticas en el centro, y me apoyaba en el aseo resultando hábil en tratar, por su experiencia propia, la rebeldía con la que mi pelo rizado desafiaba al orden. 

Doña Marisa se reía de los efectos en mi de los neurolépticos, y me pedía que le contara como seguía la historia de Marcos, entonces también venía Eva, y Paco, que aún con la paresia en sus brazos se las apañaba para dibujar al niño. Damaris, subrayando la revista en la mesa contigua, prestaba simulada atención y en algún momento aprovechaba para traer a la memoria alguna cita bíblica sobre principios en educación familiar, tal cual señalaba la última Atalaya, y nos proponía asistir a alguna de las reuniones de su congregación.

Quique Sigueira no impedía el volar de mis alucinaciones, se quedaba en ocasiones con nosotros tomando tensiones y revisando pieles y terminaba sentado con los demás escuchando también hipnotizado sobre la vida del menor y del alcance del enigma que constituía su vida.

Si quieres mejorar vas a tener que dejar que sea su familia quien le cuide.- Me dijo por la tarde en las sesiones habituales de control de peso en su despacho.

Anotó mi peso en la ficha y me indicó que me sentara. 

No encuentro tampoco nada en las pruebas ordinarias que pueda sugerir una enfermedad orgánica. Quizás sea necesario practicar pruebas radiológicas más específicas. 

Aquella noche entraría en un estado onírico ininterrumpido que me haría acompañar a Marcus durante las próximas 72 horas y me convencería de que el niño estaba realmente en peligro.



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CAPÍTULO II. VILLA ESPERANZA por Nuria Quiles Péres se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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jueves, 7 de febrero de 2013

CAPÍTULO 1: AVISTAMIENTO DE MARCUS




La primera vez que vi a Marcos le confundí con la punta de la cola blanca de un zorro atravesando la planicie de juncos . Intenté seguir sus movimientos, pero el anteojo topó rápido con el velo de cañas de más de seis metros de altura que comenzaba tras el mirador y se extendía hasta alcanzar la substratos más secos, en dirección Este, hacia dónde se me había perdido la pista. 
 

Volví a atrapar una sombra corriendo al enfocar sobre la zona pero, por más que acoplé la dirección y el aumento de la lente con pericia, las estampidas de las fochas me confirmaban que lo había dejado delante o atrás. Bloqueé con la manecilla del trípode en el punto por el que intuí que iba a pasar dos segundos después.

 En ese momento un intenso grito, también en aquella dirección, pero resonando mucho más cercano me despistó de la pieza. Fue un aullido de extremo dolor, seguido de unas cuantas respiraciones exaltadas y el lloriqueo de lo que ahora me parecía que era un niño.

Abarqué con la vista los alrededores buscando una familia que me hubiese pasado inadvertida. Sólo la niebla me devolvió la mirada, como es habitual un día entre semana sin viento en El Hondo, a las ocho de la mañana. 



- ¡Eyyyy! ¡Eyyy!.-Grité varias veces intentando advertir a quien pudiera estar al cuidado del niño. El lloriqueo cesó. Nada contestó mi llamada. 

Corrí hasta la valla del puente mirador poseída por el imperativo legal que obliga a cualquier ciudadano a socorrer a la infancia, inconsciente de lo que supondría pisar las tierras de los humedales más allá de las rutas establecidas para la curiosidad ornitológica. Descubrí tanteando antes de soltarme que el sustrato sólido no estaba lejos del pié. Pasaron algunos minutos corriendo hasta que la densa agrupación de cañas dio paso a un claro de arena rodeado por un paisaje de ciraleras y baladres. Sólo los zumbidos de los abundantes insectos y el graznar de alguna clase de pato por el cielo se escuchaban ya. Paré para pensar dos veces qué hacer. 

Desde mi posición no veía el puente pero el resplandor del sol naciente me confirmaba la dirección Este. Valoré al 90% de mi frecuencia cardiaca máxima que hacer. Agudicé al máximo el oído. Primero intensas, luego más suaves creía poder percibir respiraciones. Sin darme tiempo a asegurarme que no fuera mi propio resuello emprendí el camino unos cuantos metros más.

 
Lo encontré dónde había dejado el encuadre para pillar al zorro, a pocos metros de la planicie de juncos; acurrucado, tiritando, sufriendo, con un cepo más grande que su fuerza que le clavaba las espinas a la altura del tobillo y el gemelo. Lancé un grito, seguro. Él se sacudió un poco y abrió el ojo para otear a su alrededor sin percibirme. No tendría más de 4 años, estaba lleno de magulladuras y barro con restos de broza.

Estudié la trampa. Era un cepo para zorros sin amortiguación completamente prohibido en la actualidad, en realidad no podía practicarse la caza en El Hondo, por ser paraje protegido. Los arcos, aparte de por la fuerza bruta, podían abrirse automáticamente estirando de la palanca que había al final de la rígida y larga cola, lo que abría hecho imposible al niño, atrapado allí, llegar a esa posición.

Al abrir el sistema se incorporó de golpe y comenzó a culear hacia atrás, gritando y llevándose las manos a las heridas. ¡Ey niño!. ¡ ven, ven!.- corrí hacia él abrazándolo desde el costado.- Ya está, ya está, vamos a curarte.-. Se quedó unos segundos recluido en mis brazos, los ojos fijos en su pierna, después cerrados y receptivos, y se desprendió de mi para acercarse gateando a una especie de baya que yo nunca había visto antes, recogiendo varios de sus frutos de color rosáceo e hizo una pasta que aplicó en el contorno de sus heridas.

Yo, a la par que impresionada por sus habilidades en fitoterapia, le iba hablando por detrás, calculando si no tendría algún rasgo autista, que justificase la manera en la que me ignoraba. Esperé a que se calmara mientras evaluaba su estado de abandono. Aparte de esos hematomas, las múltiples picaduras de insectos daban una idea de cierto nivel de abuso o negligencia en la protección pero parecían indicadores recientes que bien podrían atribuirse a la carrera o al vagar de horas por el humedal. No parecía en cambio desnutrido, estaba flaco, y era atlético. Quien cuidara de él le había proporcionado suficiente abrigo con aquellos ropajes de lana y el pequeño gorro en la cabeza, una vestimenta inusual en la ciudad que me hizo divagar sobre la naturaleza oriental de sus progenitores. 


Cuando respiró con una frecuencia más lenta y profunda, me acerqué para urgirle a buscar ayuda médica, acariciándole el brazo. Entonces Marcos encontró mi presencia, primero asustado, y tenso, de apoco más curioso, enfiló mis ojos unos segundos largos con sus ojos grises pantano y terminó sonriéndome.

Yo también relajé el gesto, y le desprendí el gorro, para taponar la herida del tobillo, que cesó en intensidad tras 5 minutos de practicar el taponamiento.

Vamos,- le dije.- Vamos a curarte y a buscar a tus papás. 

Cuando lo sujeté para cargarlo y emprender el camino de vuelta se revolvió como un zorro empujándome sin cesar y gritando algunas frases cortas ininteligibles para mí. Quizás era demasiado doloroso movilizarle. 

Está bien. Lo haremos de otra forma.- Decidí, aventurando que la herida no le iba a desangrar en 30 minutos.- Espera aquí, iré por ayuda. No te muevas.

Lo dejé asegurándome de que depositaba en mi una última sonrisa de confianza.

48 horas después, la Guardia Civil y los Servicios de Emergencia Sanitaria dieron por infructífera la búsqueda. No había rastro del menor, ni de la sangre, ni del cepo en el lugar de los actos. Sí,- dijeron- una zorra rondaba el lugar, a juzgar por las sendas, los excrementos y la madriguera 500 metros al Suroeste.

Poco tiempo después, bajo la competencia que mi puesto de trabajadora social en los Servicios Sociales Generales me otorgaba, yo abriría un expediente de protección de menores para intentar detectar, diagnosticar y valorar la situación de riesgo del menor, que había bautizado bajo el seudónimo de Marcus B.P., por no conseguir detectar hasta el momento, la identidad ni la filiación del mismo.

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CAPÍTULO i: AVISTAMIENTO DE MARCUS por Nuria Quiles Pérez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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jueves, 17 de febrero de 2011

RENATO

Yo elegí un Buho en mi ventana, les decía.

Unos grandes ojos que me miran y me ayudan a mirar en la oscuridad.

Una mañana siendo joven, mi buho encontró una buhita, y ya sólo venía a verme de vez en cuando.

Conforme se sumaban las ausencias en mi ventana, y desprendiéndose la guarda, iba comprendiendo que se había relajado la censura a mis actos y que podía ejercer libre autodominio.

Crecí entonces en un estado asalvajado, cagando en las camisas, y saqueando los guantes de cocina y las macetas. De vez en cuando mi rapaz acudía a mi y me miraba con ojos severos. Entonces me daba sus lecciones de buho. Pero para entonces yo era más un insecto, y aunque adoraba su presencia y sus consejos, en cuanto desaparecía yo me juntaba con la alegre comunidad de tijeretas que anidaban entre las macetas de la galería y los bien nutridos desagües y despensas con abundantes reservas de orgánico e inorgánico en estado de descomposición, viviendo con ellas hasta que casi olvidé que me solía acompañar un ave.

El día que cumplí 17 años Renato, se instalaba en una de las habitaciones que madre y yo solíamos alquilar, en un barrio obrero de la ciudad, ahora barrio comercial. La casa era grande y nosotras necesitábamos más personas cerca que nos cuidaran así que frecuentemente pactábamos algún arreglo con quien quería cambiar de techo.

Los primeros días no había percibido al nuevo inquilino, apenas distinguible entre el trasiego de clientes colorista y variopinto de mi negocio tarotista en el hogar. Empezaba a aprovechar eficientemente un pequeño curso en la Academia de Esoterismo Isis, situada a dos manzanas en mi mismo barrio. Fue el plato con tortilla de alcachofas y el pollo frito con tomate servido con amabilidad lo que me alertaron de que allí había una presencia estable.

Vestía pantalones tintados a franjas verticales verdes y rojas, un jersey deslavado roto y me miraba desde las profundidades del óvalo de khol negro que enmarcaban su ojo.


La mañana siguiente, decidí saltarme un par de clases y acudir al Insituto sobre las diez y media. Cabizbaja por las calles del Rabal, me asusté enormemente al encontrar en la plaza una nueva estatua. Era un señor encogido en el banco para sostener un cuadernillo de dibujo. Acercándome advertía el resplandoroso bronce y apreciaba con mayor detalle la expresividad de su cara, hasta comprobar los surcos de su rostro genuinamente verídicos y familiares.

Alzó los ojos para mirarme con expresión de pintor que evalúa la belleza de la nueva silueta que se desliza ante sus ojos. Y en esa pose quedó los 15 segundos que tardé en reaccionar, dejarle mi bufanda porque no tenía monedas, y consiguir como premio un nuevo gesto de la estatua humana que se entregó a dibujar en su libreta.

Cuando Renato estaba en casa, vestía un atuendo de servidor egipcio
, la pasaba siguiéndome a todos lados, para darme servicio. Me recogía los pantalones, y se descalzaba y se vestía con diferentes túnicas y trapitos para abrir la puerta a mis clientes. Madre no se pedía muchas explicaciones de quién era el nuevo inquilino, sólo imaginaba que como no pagaba mucho dinero por la habitación, quería agradecerlo.

Y cuando se iban los clientes y yo sabía que tenía que estudiar pero no podía más, todavía Renato no se quitaba la túnica y me encendía el flexo sobre los apuntes y me acomodaba una almohada en la silla, una hora antes de venir con un vaso de leche para que despidiera mi jornada.

En realidad no siempre estaba conmigo, también a mamá, en las tribulaciones de su enfermedad, la ayudaba a preparar el dinero para las cosas que tenía que comprar y estaba pendiente de que no se desorientara. Incluso madre consiguió un buen puñado de asiduos a sus Terapias de Disciplina Energética Reiki gracias a la vistosidad de la puesta en Escena de Renato en el negocio.

En ocasiones, yo me sentaba junto a Renato a observar, cuando adoptaba su postura de estatua y apreciaba el vigoroso ejercicio de entrenamiento de su respiración, la tensión del músculo e intentaba entender como podía redistribuir su circulación sanguínea y su energía. Me animaba a probar con ejercicios, y al adquirir el dominio de alguna destreza experimentaba y entendía cabalmente una libertad que era más plena cuando el autocontrol también lo era.


Muchos años después, he vuelto a encontrarme con Renato.
De nuevo no había advertido su presencia. Distraída como estaba en las cosas de la oficina, preocupada por el inesperado crecimiento de mi empresa, ignoraba al señor que estaba entrevistando en el Director de Recursos Humanos, hasta que al ir a alcanzar unos folios en el almacén, descubrí de nuevo los surcos de su rostro genuinamente verídicos y familiares, su mirada de estrigiforme ave observándome desde la puerta. El Director me presentó a la nueva incorporación de la empresa. Renato Refog pasaba a ser parte de nuestros Recursos Humanos.

martes, 8 de febrero de 2011

Las Tres Visiones

En las ocasiones festivas, padre disfrutaba proponiendo un juego de descubrimiento del yo para impresionar a los contertulios. Mezclaba el hinduismo, el cristianismo y la antigua creencia basada en el espíritu de los totems animales y prometía que los descubrimientos que proporcionara el juego estarían basados en el psiconanálisis. Si alguno de mis lectores se anima a participar, le sugiero que siga las instrucciones y se detenga a ejecutarlas como si fuera un jugador cuando advierta el STOP en el texto.

Al fallecer el jugador, y previos los saludos oportunos a San Pedro, Dios te explica que no es posible la reencarnación en una persona, se le han acabado los cuerpos, pero puedes vivir la sin igual experiencia de habitar un animal en tu siguiente vida. Te invita a que le describas el animal en el que has pensado y le des el máximo posible de detalles de su situación, a fin de que él encuentre exactamente el mismo que tú deseas.

STOP

Al escuchar tus deseos, Jehová repasa la lista deseando conceder el placer a su amado hijo, pero descubre perturbado que el Angel de los Cuerpos no ha hecho su trabajo diligentemente. Aspira, pondera, y disimula la paciencia que ha de tener con su Ángel.

Amado hijo.- te dice.- Yo sé que en tu corazón todavía puedes escarbar más y encontrar un animal que permita desarrollar mejor el espíritu que llevas dentro. Escoge pues un animal acorde con tu segunda búsqueda.

El fallecido ha de intentar completar los máximos detalles posibles de su visión: lugar donde se encuentra, color, pelaje, sexo...

STOP

Cuando acabas la segunda Jehová se siente fascinado y reconfortado por las cosas que descubre de ti mientras te escucha.

Hijo de mis manos, bien sabes las pérdidas de La Tierra en especies animales, y que su repoblación lleva tiempo incluso a un espíritu tan poderoso como mi Angel de los Cuerpos. Te pido que enuncies una última y definitiva tercera especie en la que te gustaría vivir, y yo haré que cobre cuerpo de nuevo en la tierra si fuese que todavía no la hemos repoblado.

STOP


A mis once años mi primer animal era un Buho en mi ventana, pues esa visión significa aquello que yo quiero llegar a ser. Con el discurrir de mi vida he llegado a comprobar que esto aguardaba interesantes similitudes con la realidad. Espero poder explicároslo pronto y más detenidamente en otro post.




El segundo elegido, es aquel que representa la apariencia que presentamos a los demás. Yo encontré una hembra pony libre en el valle disfrutando de los pastos a pocos pasos de otros miembros de la manada. Ya me dirán los lectores si esto coincide con la apariencia que proyecto. (Lamento no ponerles imagen, google no dispone ya de ponys libres paciendo en valles)

El último y más profundo esfuerzo de encontrar una visión que representara a mi verdadera esencia animal, estuvo dedicada a una tijereta. (Aquí no pongo imagen porque estoy segura de que no impresionaría sino a un tijereto)

Dios explica entonces que
Podemos ocupar sin miedo a perder nuestro propio espíritu ese animal, puesto que la última elección retrata nuestra más genuina esencia.

Y ciertamente no exige demasiado este bicho, lo único que se espera de ella es que salga apresurada de bajo de cualquier maceta.

lunes, 31 de enero de 2011

Revisitando a Pérez Castell

El objetivo del Blog de Manuel Pérez Castell, Vicepresidente Primero de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados es Crecer en Ciudadanía.

Ha sido hasta ahora el único de los 4 Diputados a los que escribí que me ha contestado.

No han aparecido síntomas de becario desde que lo visito. Tampoco respuestas del autor a los lectores.

Le preocupa el "Baile de Civilizaciones",y nos ofrece un video de cómo bailan los tunecinos. Ahora está muy interesante, ha hecho 3 reflexiones con motivo de China, de Tunez y Egipto. Yo le he contradecido la segunda.

A parte de político es un blog personal. Pérez Castell no ha sentido, parece, la necesidad de ocultarse al pueblo y nos enseña una colección desordenada de retratos de amigos, versos, y momentos significativos.

En una de ellas, aparecen dos jovencitas sonrientes, Mercedes y Mireya preguntando ¿Cómo damos más participación a la ciudadanía en el Congreso de los Diputados?

Éste fue su verso el 25 de Enero:

"No me rompas las urnas que puedes con ello romper mis sueños".

Permítanme que yo también le dedique una viñeta al bello verso.


jueves, 13 de enero de 2011

Escoge a tu miembro de Comisión Constitucional favorito, consigue su mail y sugierele que el pueblo le puede ayudar.

Señora Saez de Santa María,

Me dirijo a usted para hacerle un ruego, por su posición como miembro de la Comisión Constitucional.

Hace unos días la Comisión de Peticiones del Congreso de los Diputados, tuvo a bien trasladar a los Portavoces de la Comisión Consitucional una solicitud de una ciudadana bajo el expte : 280/002728/000.

Se solicita que se desarrolle el derecho a la participación directa en los asuntos públicos de los ciudadanos (art.23.1 C.E), mediante la modificación de la Ley Orgánica 2/1980 de Regulación de las distintas modalidades de Referéndum.

Señora, me dirijo a usted porque me inspira la confianza para representarme, en tanto yo no pueda hacer nada para ayudar a ese expediente a que sea revisado con interés.

Hoy le pido que también confíe usted en nosotros, asegurándole que sí los ciudadanos pudiéramos tener voz, podríamos controlar a este Ejecutivo. No podemos esperar dos años Doña, hay algunos temas de interés trascendental en el próximo calendario que requieren de nuestro apoyo.

Atentamente,


Bárbara Paraula,
Avenida Fuera del Tiesto 33,
xxxx Elche
DNI xxxxxxxx
Tfno: xxxxxxxx


(Para leer el texto completo que se incluyó en la Solicitud al Congreso de los Diputados y que ya ha sido trasladada a los Portavoces de la Comisión Consitucional pincha aquí).

martes, 28 de diciembre de 2010

Navidades 2010. Operaciones con el Panteón Familiar


A mi Clan Familiar Extenso, en vida o en vida en nosotros, a quienes amamos y de quienes lo heredamos todo, seguramente también la carnicería humorística.



Le auguraba a mi no esposo en el camino cuales iban a ser las piezas seleccionadas por los Matarifes del Clan Familiar Extenso. Y le veía la cara de primer caído a Tío Nino, cuyo negocio, zozobraba con difícil equilibrio entre el balance de activos y pasivos.

Acomodados en el Salón de Visitas de la casa de Tio Nino, el esposo de Candelita y cuñado, por tanto, de Padre, le esquilmábamos las croquetas a la par que comentábamos cómo había decaído la calidad del aperitivo en la casa más selecta del Clan. Y nos remirábamos la decoración, encontrando si habría algo a faltar, que hubiese caído en los Monte Píos. La Primera Edición de la Enciclopedia Marina, la Colección Mulá sobre la Dama, los Lladró, los armarios infinitos y perfectamente ordenados por colores y conjuntos de los que tantas veces me surtía el abrigo, toda la belleza de la acomodada casa, incluidos los tíos a pleno rendimiento estaban allí.

El despiece nos llevó menos en ejecutar que la degustación de las croquetas, Tía Candelita, acallaba cualquier comentario sobre la exclusividad de su casa mientras colocaba como complemento de adorno en la mesa una serie de 6 adorables monaguillos cantores, pura artesanía, pintados delicadamente a mano sobre la escayola en carmesí y oro.

Tío Nino despreciaba el riesgo a la par que extraía de su pieza dental 23 un hilillo de hueva. La empresa llevaba en quiebra desde 1981, siempre fue mal y él había sido como el musgo que se pega a la piedra en la oscuridad de la sombra. Su patrimonio había conquistado 3 hijos que tardaron en encontrar su camino, 71 embarcaciones de carga de diferentes tonelajes, 4 barcos pesqueros, 5 embarcaciones de recreo, un rancho de equitación, 8 inmuebles, una cochera de exposición con 17 coches de época, una finca de fiestas, una galería de antigüedades....su mujer, interrumpió con oportunidad la lista del superviviente capitalista que podía llevar a su marido a un discurso innecesariamente ostentoso y aprovechó para sugerirle una cocina nueva. Y ahora quiero un Mercedes, terminó el Tío la lista y se dirigió a su esposa: Nena, si vendemos el panteón de tu padre te compro una cocina nueva.

Se vino entonces el silencio ante la singular propuesta y el subsiguiente encogimiento de Pubis, la novia de Padre, que se escurrió en el sillón acurrucándose sobre la Dignidad. Padre estalló en una carcajada, y para tranquilizar a Pubis, postergó la venta anunciando que iba a quedarse con la planta tercera, que llevaba ya varios meses poniéndole flores a ese piso para ir acostumbrándose a él. Tio Nino, si quería hacer negocio, podía ubicarlo en el Sótano. Su mujer, que estaría en el primero, bien podía ahuyentar a los acreedores asegurándoles que bajo no moría nadie y no conocían por los nichos ningún Nino.

Pero el Tío sabía insistir en el negocio, y nos calculó que el importe de la venta podía dar para unas cuantas cubas de gasolina, y por tener Padre Derechos de Primogenitura sobre su Hermana, se invertiría una parte en una caravana, que podría disfrutar en la ociosidad de la jubilación las próximas dos décadas mientras iba haciendo agradable camino hacia la tercera planta. Y mis primos, mi hermano y yo, abriendo el piquito y estirando el cuellito de crías demandábamos la morralla de la Operación de las Cubas.

Contentos con el botín, sólo era cuestión de solucionar la “cuestión de los restos”. Aquellos más finos podrían repartirse en urnas conmemorativas al calor de nuestro hogar. El problema surgía con los más gruesos.

Y le buscábamos una solución digna mientras sorbíamos calentito el caldo denso del puchero, los aromas y tuétanos de la ternera perfectamente fundidos con los del pollo y absorbidos por la masa de la Pelota y descubríamos al tendedor en el servido del cocido, la suavidad de las pechugas, las yemas, el deshacerse de las carrotas, la morcillita de cebolla y el garbanzo, que ha salido volando, porque realmente parece que no los ha preparado Tía con la antelación que requería la Mesa de Navidad, y unos garbanzos mal cocinados pueden perfectamente joder todo un cocido y convertir a Tía Candelita en la próxima pieza a echar al caldo.