viernes, 12 de junio de 2009

Por favor, no me vuelvas a llamar cariño.

Algunos mayores decían que mi cole era de Progres.
Era un "colegio nacional", había nacido como un centro experimental de EGB en el año 72, distintiuvo que nunca supe que significaba, y luego ya en Democracia pasó a ser un "centro piloto", que tampoco tengo idea de que viene a significar.

Yo cursaba en una línea de inmersión lingüística, antes incluso de que existiera esa locución como concepto teórico. Además a todos los profesores se les llamaba de tú, y hacíamos muchas asambleas y votábamos entre las redacciones que más nos gustaban para el Día de la Paz, el 9 D'Octubre, el Día de la Constitución.

Seguramente, en la ignorancia de algunas materias, me parezco a alguna de esas víctimas de la LOGSE a las que Jimenez Losantos, dedica sus libros.

Me gusta consolarme pensando que en compensación por esas lagunas de conocimiento, he recibido otro tipo de dádivas educativas que el colegio quiso que aprendiera: el autoaprendizaje, el lado izquierdo del cerebro, el valor de la democracia, la no violencia, el respeto por el de enfrente aunque le llame de tú.

El caso es que no se en que colegio estudiaron este tipo de mujeres que últimamente me llaman "cariño" sin conocerme apenas

Verán varios ejemplos:

1.- La dependienta de mi panadería habitual que me quita la bomba de chocolate de las manos un día que no encontré en el monedero para pagarle:
Lo siento cariño, aquí no tenemos la costumbre de fiar


2.- O la encargada del DOMTI que me llama la atención porque he cogido una bolsa de plástico más grande de lo que la necesitaba para llevarme la compra:
Mira cariño,no se trata de que me la pagues, es que tienes que llevarte la bolsa adecuada.


3.- La técnico del Ayuntamiento que me informa de la resolución de un importante concurso de gestión de servicios públicos (por supuesto corrupta, por supuesto corrupto):
No os lo han adjudicado, cariño
.

14 comentarios:

  1. No voy a realizar un comentario pormenorizado de esto, cariño.

    ;)

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  2. :) ¿ves? tú no me ofendes Edison, me llames como me llames.

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  3. Bueno,Bárbara, son cosas que pasan....

    A mí, que también trabajo en consultoría, en una ocasión la señora de limpieza encargada de la zona de despachos donde tengo el mío me dijo "HOla, Chiqui". Pues, qué le vamos a hacer...

    (Si no existiesen estas cosas, la vida tendría un poco menos de "condimento", ¿no?).

    Un saludo.

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  4. Buenos Días Rogelio,
    ¡Que visita tan grata!. Verá, el problema no está en que me trate con familiaridad sin conocerme, eso si se hace desde la bondad no hay ningún problema, es cuestión de cultura o de subcultura. La indignación está en que me llame cariño justo después de un acto de injusticia y de desprecio, porque entonces la aproximación es para robarte no para abrazarte.. no sé si me explico.

    Cambiando de tema, sobre que ambos somos consultores, en fin no quisiera presumir de lo que no soy, ya sabe que esa palabra está muy manida y se usa para muy distintos tipos de ejercicios profesionales. En mi caso el tipo de consultoría es artesanal pero desde luego a muy pequeñito alcance, es consultoría de ong's pequeñas, o de administraciones públicas pero la mayoría de veces, sobre cuestiones operativas, como la definición de programas, o proyectos de 1 a 3 años vista.

    Un saludo.

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  5. Aquí estoy otra vez en el enésimo intento! Le contaré una anécdota de mi padre, nacido en 1912 pero con un espíritu que intentaba comprender muchas cosas. Esta que reproduzco es una de las que, por más que lo intentó, no pudo.

    - ¿Me dice la hora, jefe?
    - Yo no soy su jefe, buenos días!!

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  6. Jajaja, su padre se indignada casi más que yo con el asunto!. No quiero ni imaginarme su cara si le llamaban "tío" o el más americano y moderno "Hey Dude!".

    En fin, y digo yo, que ya que la llaman a una jefa ¿no le puede mandar directamente al interlocutor a que vaya a limpiarle la casa?

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  7. Querida Bárbara

    Le confieso, y se que con ello retrocedo en mis aspiraciones de pedirla a usted en matrimonio, que yo me crié siendo un chico de barrio. Pero barrio de verdad, de los de antes, con su “descampao” y sus “futbiolos”, y no esas cárceles de cinco estrellas que les fabrican ahora a los nenes, con piscina, pista de padel y una verja con seis torretas de vigilancia que les aísla de una vez y para siempre del terrible “hombre del jaco”, al menos hasta que tengan edad para salir a comprar “speed” por ellos mismos. Y aunque esto le parezca que no viene al caso, viene y mucho, porque el barrio, el fetén digo, deja un aroma indeleble en el carácter, como el que decía Serrat que le quedaba a aquellos “aristócratas” cuando regresaban con “el perfume del talego”.

    En esa diarrea suburbial de ladrillo que fue a ciscar el desarrollismo donde cristo perdió el virgo, lo más delicado que uno oía al descolgar el telefonillo era algo así como “que si te bajas, cabrón”. Y eso sólo si el tipo era finolis, porque el “hijoputa” (así todo junto) se despachaba cotidianamente como un genérico aplicable a todo hijo de vecina, por decente que esta fuera.

    Allí, en el barrio, todos teníamos el alias más dañino y certero que nos cupiera. De manera que el trámite del bautizo podría resultar de gran utilidad para la vida venidera, pero lo que es en esta maldita la cosa para la que nos servía. Pues, por más sacramentado que uno anduviese, siempre acababa motejado según el defecto que peor le adornara. Así, en lugar de Luises, Teresas o Marciales, lo que más abundaba en el barrio eran “Culibajas”, “Carapiñas”, “Legañosos”, “Bubillas” y otras lindezas de similar finura.

    Que a uno le llamaran “colega” o “tronco” suponía ya un derroche de cortesía, y lo normal era que en tercera persona le rebajasen a la categoría de “pavo”, “fulano” o “menda”. Salvo a las damas, claro, que, según el grado de concupiscencia que despertasen, se movían en un abanico que iba desde la “perica” hasta la “pibita”, pasando por “churri”, “chorva” “perigoti”, o sencillamente “chocho”.

    En la Universidad hube de adaptarme a nuevas maneras, infinitamente más correctas y elegantes, impuestas por una mayoría de nenes-bien, debidamente educados en colegios con uniforme y escudo como dios manda. Y aunque nunca llegó a estirarseme del todo el meñique, ni conseguí acostumbrarme a la “s” hipersibilante del “ssabess” y el “ossea”, reconozco que mi tono social mejoró sensiblemente en aquellos años, y me fui moderando al contacto con aquellos urbanitas septentrionales, que aunque no te llamaban cabronazo (no al menos a la cara) decían cosas tan irritantes como “cari”, “porfa” o “chaíto”.

    De manera que hoy, al correr de los años, he llegado a ser un auténtico desarraigado social, que ni desea regresar al semisótano de los billares (que por otra parte hace lustros que son un Caprabo), ni sabe hundirse elegantemente en los sofases de las cafeterías de a seis euros el vichy. Pero al menos he aprendido que detrás de la corrección gramatical y del buen tono no se esconden siempre las mejores personas, y que en muchas ocasiones resultaban más fiables y, porque no decirlo, más amenos, aquellos pelafustanes que te mentaban a la madre hasta para pedirte un pitillo, que no estos otros individuos, de cortesía impecable, con los que me vi obligado a mezclarme luego por los imponderables de la vida laboral o debido a mi adquirida condición de propietario en una “urba” del extraradio.

    Es por ello que a estas alturas, cuando alguno me llama “jefe” siento como un regusto nostálgico de respeto. Porque sepa usted que, en aquellos días de barrio y rosas, el término “jefe” estaba siempre reservado para el que ostentaba una cierta autoridad, ya fuese despachando el pan, sirviendo las cañas o dando el cambio para los futbolines. Y en cierto modo, cuando al padre de nuestro amigo Fidelio, que en su derecho estaba de atajar con humorismo la vulgaridad del abordaje, le llamaban jefe al preguntarle la hora, no andaban del todo descaminados, pues al menos jefe de su reloj si que lo era.

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  8. Increible. Siempre me deja con la boca abierta por su elocuencia y su capacidad de expresión.

    Así que se llama Jose Luis, cómo mi padre.

    Ya he explicado anteriormente que el problema no es la cercanía o lo informal de la manera al referirse al interlocutor. Yo sé que cuando uno nace no viene al mundo, si no a una cultura que interpreta el mundo y de ahí, salen muy distintas formas de tratar y situarse frente o junto al otro. Pero ustedes no me escuchan. Debo tener en esa foto del tonel aspecto de repija que se escandaliza con el contacto con el mundo obrero. Y me obligarán a contarles, por ejemplo, que mucho antes de llamarme Barbarita me llamaban en las calles tan desgastadas por mí "La Lyon", y que mis amigas eran La Venus y La Geli, conocidísimas mercaderes de La Central, La KKO, La Metro, el Límite, y cualquier otro antro en el que vendiésemos bien, y que venían y te daban un pico en la boca para saludar y te decían "perra de la sarna!" y eso es que eran muy amigas. Y por eso después estudie trabajo social y entre mis clientes habituales (algunos finalmente amigos)estaban los yonquis, las putas, los reclusos y otros de la farándula del lumpen.

    Vuelvo a decir que el problema es que estas tres bastardísimas me llamaban cariño para después clavarmela bien: la panadera a la que tras comprarle 5 años pagándole hasta la última peseta no me fía un maldito día y me quita el bollo de la boca; la encargada del Domti que me regaña por una bolsa de plástico y la "Señora" del Ayuntamiento, convertida en señora y nueva rica gracias al untaje continuo de la empresa enemiga para que les resuelva los concursos públicos a su favor, aunque para nada ofrezcan condiciones ganadoras.

    Y no me van a volver a llamar cariño, ninguna de las tres, la próxima vez me llamarán hija de puta, que es lo que hay que devolver cuando te cariñean con ese tipo de respuestas.

    En resumen, que coincido plenamente pues en que los modales no hacen a la buena gente.

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  9. CARIÑO, ya que no me llevas de bolos asalta conmigo la Zarzuela y les comemos las bombas de chocolate a los nietísimos...

    La Familia Real, otro chasco

    Nunca he sido monárquico por tradición familiar pero, lo confieso sin rubor, sí he sido juancarlista desde aquella noche en que, mientras yo velaba pegado al transistor, mi amigo Javier empujaba sin parar. Por si nos fusilaban al día siguiente. SIGUE...

    La Familia Real, otro chasco

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  10. Sinceramente lo siento por ese concurso no adjudicado.
    Como dice el refrán los "cariños" con pan son menos.
    Un saludo.

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  11. ¡Ah Upe!, si fuera sólo un concurso... el poder pudre a la mayoría de las personas.

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  12. Peor son los amigos que te llaman cariño, es algo que no aguanto x__x

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  13. ¿será proque no se saben nuestro nombre?.

    Por cierto anónimo, ya que has llegado hasta aquí abajo ¿porque no me dejas un aútógrafo con nombre?

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