jueves, 7 de febrero de 2013

CAPÍTULO 1: AVISTAMIENTO DE MARCUS




La primera vez que vi a Marcos le confundí con la punta de la cola blanca de un zorro atravesando la planicie de juncos . Intenté seguir sus movimientos, pero el anteojo topó rápido con el velo de cañas de más de seis metros de altura que comenzaba tras el mirador y se extendía hasta alcanzar la substratos más secos, en dirección Este, hacia dónde se me había perdido la pista. 
 

Volví a atrapar una sombra corriendo al enfocar sobre la zona pero, por más que acoplé la dirección y el aumento de la lente con pericia, las estampidas de las fochas me confirmaban que lo había dejado delante o atrás. Bloqueé con la manecilla del trípode en el punto por el que intuí que iba a pasar dos segundos después.

 En ese momento un intenso grito, también en aquella dirección, pero resonando mucho más cercano me despistó de la pieza. Fue un aullido de extremo dolor, seguido de unas cuantas respiraciones exaltadas y el lloriqueo de lo que ahora me parecía que era un niño.

Abarqué con la vista los alrededores buscando una familia que me hubiese pasado inadvertida. Sólo la niebla me devolvió la mirada, como es habitual un día entre semana sin viento en El Hondo, a las ocho de la mañana. 



- ¡Eyyyy! ¡Eyyy!.-Grité varias veces intentando advertir a quien pudiera estar al cuidado del niño. El lloriqueo cesó. Nada contestó mi llamada. 

Corrí hasta la valla del puente mirador poseída por el imperativo legal que obliga a cualquier ciudadano a socorrer a la infancia, inconsciente de lo que supondría pisar las tierras de los humedales más allá de las rutas establecidas para la curiosidad ornitológica. Descubrí tanteando antes de soltarme que el sustrato sólido no estaba lejos del pié. Pasaron algunos minutos corriendo hasta que la densa agrupación de cañas dio paso a un claro de arena rodeado por un paisaje de ciraleras y baladres. Sólo los zumbidos de los abundantes insectos y el graznar de alguna clase de pato por el cielo se escuchaban ya. Paré para pensar dos veces qué hacer. 

Desde mi posición no veía el puente pero el resplandor del sol naciente me confirmaba la dirección Este. Valoré al 90% de mi frecuencia cardiaca máxima que hacer. Agudicé al máximo el oído. Primero intensas, luego más suaves creía poder percibir respiraciones. Sin darme tiempo a asegurarme que no fuera mi propio resuello emprendí el camino unos cuantos metros más.

 
Lo encontré dónde había dejado el encuadre para pillar al zorro, a pocos metros de la planicie de juncos; acurrucado, tiritando, sufriendo, con un cepo más grande que su fuerza que le clavaba las espinas a la altura del tobillo y el gemelo. Lancé un grito, seguro. Él se sacudió un poco y abrió el ojo para otear a su alrededor sin percibirme. No tendría más de 4 años, estaba lleno de magulladuras y barro con restos de broza.

Estudié la trampa. Era un cepo para zorros sin amortiguación completamente prohibido en la actualidad, en realidad no podía practicarse la caza en El Hondo, por ser paraje protegido. Los arcos, aparte de por la fuerza bruta, podían abrirse automáticamente estirando de la palanca que había al final de la rígida y larga cola, lo que abría hecho imposible al niño, atrapado allí, llegar a esa posición.

Al abrir el sistema se incorporó de golpe y comenzó a culear hacia atrás, gritando y llevándose las manos a las heridas. ¡Ey niño!. ¡ ven, ven!.- corrí hacia él abrazándolo desde el costado.- Ya está, ya está, vamos a curarte.-. Se quedó unos segundos recluido en mis brazos, los ojos fijos en su pierna, después cerrados y receptivos, y se desprendió de mi para acercarse gateando a una especie de baya que yo nunca había visto antes, recogiendo varios de sus frutos de color rosáceo e hizo una pasta que aplicó en el contorno de sus heridas.

Yo, a la par que impresionada por sus habilidades en fitoterapia, le iba hablando por detrás, calculando si no tendría algún rasgo autista, que justificase la manera en la que me ignoraba. Esperé a que se calmara mientras evaluaba su estado de abandono. Aparte de esos hematomas, las múltiples picaduras de insectos daban una idea de cierto nivel de abuso o negligencia en la protección pero parecían indicadores recientes que bien podrían atribuirse a la carrera o al vagar de horas por el humedal. No parecía en cambio desnutrido, estaba flaco, y era atlético. Quien cuidara de él le había proporcionado suficiente abrigo con aquellos ropajes de lana y el pequeño gorro en la cabeza, una vestimenta inusual en la ciudad que me hizo divagar sobre la naturaleza oriental de sus progenitores. 


Cuando respiró con una frecuencia más lenta y profunda, me acerqué para urgirle a buscar ayuda médica, acariciándole el brazo. Entonces Marcos encontró mi presencia, primero asustado, y tenso, de apoco más curioso, enfiló mis ojos unos segundos largos con sus ojos grises pantano y terminó sonriéndome.

Yo también relajé el gesto, y le desprendí el gorro, para taponar la herida del tobillo, que cesó en intensidad tras 5 minutos de practicar el taponamiento.

Vamos,- le dije.- Vamos a curarte y a buscar a tus papás. 

Cuando lo sujeté para cargarlo y emprender el camino de vuelta se revolvió como un zorro empujándome sin cesar y gritando algunas frases cortas ininteligibles para mí. Quizás era demasiado doloroso movilizarle. 

Está bien. Lo haremos de otra forma.- Decidí, aventurando que la herida no le iba a desangrar en 30 minutos.- Espera aquí, iré por ayuda. No te muevas.

Lo dejé asegurándome de que depositaba en mi una última sonrisa de confianza.

48 horas después, la Guardia Civil y los Servicios de Emergencia Sanitaria dieron por infructífera la búsqueda. No había rastro del menor, ni de la sangre, ni del cepo en el lugar de los actos. Sí,- dijeron- una zorra rondaba el lugar, a juzgar por las sendas, los excrementos y la madriguera 500 metros al Suroeste.

Poco tiempo después, bajo la competencia que mi puesto de trabajadora social en los Servicios Sociales Generales me otorgaba, yo abriría un expediente de protección de menores para intentar detectar, diagnosticar y valorar la situación de riesgo del menor, que había bautizado bajo el seudónimo de Marcus B.P., por no conseguir detectar hasta el momento, la identidad ni la filiación del mismo.

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CAPÍTULO i: AVISTAMIENTO DE MARCUS por Nuria Quiles Pérez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=8496683515868848878#editor/target=post;postID=5505146791082738888.

11 comentarios:

  1. Esto continuará ¿no?...es que me ha dejado enganchada, Barbarita y voy a leer con avidez los siguientes capítulos.

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  2. :) me alegro que te guste.
    Tengo una idea estructurada que podría dar para bastantes capítulos más, pero no se si seré capaz!

    Gracias por tu tiempo alegría!

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  3. ¡Traidora, que no has avisado en Plaza Moyúa, !

    Quiero saber más de Marcus; ¿ es un especie de Mowgli ? ¿ es un niño, ? ¿ es un zorro ?
    En cualquier caso, no te libras. Pienso avisar en P.M. para que los que como yo, no tienen twitter, ni FB , no se lo pierdan...

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    1. viejecita gracias a tí y a Plaza
      por avisar
      Yo también espero el siguiente capítulo

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    2. Que alegría saludarte viejecita. Yo también quiero saber más, pero lo tengo jodío.... ¿que harías tú?

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    3. Yo le pondría un plato de arroz con leche, o de natillas con trocitos de turrón, en el sitio donde se te apareció, y, a medida que se las fuera terminando, le iría acercando el plato, renovado cada día y limpio, un poquito más cerca a tu puerta cada día , y luego dejaría el plato dentro, con la puerta un poco abierta, y ¡zas!, cuando estuviera tan confiado en pleno festín en tu cocina, cerraría la puerta de golpe, y me pondría un plato para mí también al lado del suyo, y comería con él.

      Si de esa no os hacéis íntimos y no te cuenta toda su vida, es que es de verdad un zorro, y su tribu le tiene muy bien aleccionado

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    4. Muy buena idea!, quizás termine haciéndolo. Tengo escrita la mitad del primer capítulo, seguramente lo partiré en dos para poder publicar esta semana algo, que si no se nos muere el niño de aburrimiento.

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  4. ¡Ah, qué gozada! Tenemos Paraula de nuevo. Ya estoy encargando las palomitas. La intriga es grande, y sin embargo la lectura un placer.

    Gracias, V, por avisar. Y capón a la Bárbara, por lo contrario.

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  5. Ángel Soria Rodríguez12 de febrero de 2013, 20:31

    Bueno, bueno, bueno.... otra vez en marcha. Alegres bilbiriketas. Me alegro mucho de reencontrarte, Bárbara. Animo y pon la reseña en facebook cuando continúes con la segunda parte. Muchos besos.

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  6. Chicos, si consigo averiguar cual es el capítulo 2, os aviso. Muchas gracias por ser tan fieles.

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