viernes, 22 de febrero de 2013

CAPÍTULO II: VILLA ESPERANZA

Como no podía ser de otro modo, el Domingo al borde de la cama me tomé 5 mg de Diazepan dispuesta a que la noche me dijese que sólo había sido el día.

En el desayuno copioso de café y tostadas del Lunes conservaba los efectos sedantes e hipnóticos de la benzodiacepina. Con esa relajación muscular de repente caí en la cuenta de que podría estar sufriendo algún tipo de trastorno mental. La sangre se me hizo agua y se depósito en forma de un torrente de sudor en cada uno de mis pliegues. 5 minutos después y un relajante muscular más, me escuchaba atentamente el corazón para encontrar una taquicardia que no llegó y tampoco en la hora siguiente mientras conducía hacía Alicante. 

Las emociones narcotizadas fueron capaces de dejar algo de espacio a la razón. Si fue sólo una ilusión puede tener solución, es controlable.- me repetí aparcando.

Llegué 15 minutos antes en la sala de espera de la Comisión de Protección de Menores de la Dirección Territorial, donde había de defender la derivación de dos pequeños gemelos con VIH a un recurso de protección de la Generalitat. Simulé leer el periódico provincial mientras me abandonaba a mis pensamientos.

La Comisión de Protección de menores, era la competente para resolver los casos de la infancia en desamparo o cuya guarda correspondía a la Generalitat. Desde los servicios municipales, se debía de informarles de los procedimientos de emergencia que se hubiese articulado en la protección de menores, como era el caso de mi actuación del fin de semana en el Hondo. Me quedaba por tanto la duda de si no debía informar del incidente a la Comisión. Tal vez la Guardia Civil o los servicios sanitarios hubiesen mandado notificación a la misma vía fax...De repente el periódico ganó la batalla de la concentración cuando en la página 17 encontré el nombre del inspector:
(...)y, según declaraciones del inspector de la EMUME Santiago Valle, los servicios de asistencia sanitaria y la Guardia Civil, habían acudido al lugar siguiendo la alerta de un visitante del parque natural que había encontrado un rastro de abundante sangre. Tras dar con el rastro se confirmó que era sangre de origen animal, localizándose varios cánidos muertos, que constituían la prueba de una importante pelea territorial.
Era una nota pequeña, en el diario provincial pero me desconcertó tanto la creatividad del Señor Valle como que el incidente hubiese llegado a la prensa.

Maravillas Vazquez, era la directora del servicio territorial de protección, abrió por fin la puerta para convocarnos. Se había diplomado dos años después que yo, había coincidido con ella en las juntas de representantes de alumnos. Desde mi contrato nos habíamos reunido sólo una vez, en las que ambas ante el reencuentro declaramos lo estupenda que estaba la otra, y sólo ella disfrutaba sabiendo que su posición laboral era la mejor. En mi turno de exposición, conseguí trazar el sumario de los 2 expedientes, pendiente de cualquier señal que me confirmase que se había enterado de la pequeña movilización de recursos que había llevado a cabo el fin de semana. Cuando concluimos el debate del destino prioritario de los niño, alzó la vista callando por un tiempo largo e indeterminado y finalmente preguntó:
¿Alguna cosa más, Bárbara?.
Le sostuve la mirada, sufriendo el sonido de la grieta que se habría en mi conciencia de enfermedad. Y poniendo por encima la certeza del interés supremo del menor sobre la posibilidad de mi enfermedad, o sobre la probabilidad del ridículo profesional más absoluto, improvisé:

De hecho sí.- Dos vecinos del barrio me han parado está mañana. Me han contado que habían visto a 2 niños vagando por la noche por el sector V, uno pre-adoslescente y otro de unos cuatro. No sabían sus nombres y no habían llamado a la policía. ¿Ha llegado alguna noticia desde los centros de protección?. ¿Algún ingreso en el Centro de Recepción?. 

Mara abrió mucho los ojos. 

Ah pues...- Se levantó y recogió una subcarpeta de su mesa-. Me pillas sin haberme repasado las notificaciones del fin de semana. Déjame que chequee las fugas y los ingresos. No, nada de esas características. 

(...) 


Los siguientes meses los pasé de baja, atendida por el Doctor Quique Sigueira, bajo la cobertura de mi seguro profesional. En el adosado convivía con una señora con una demencia moderada, Doña Marisa, que decía que le recordaba mucho a su hija y cuyo gozo por tenerme allí superaba cualquier compasión por mi enfermedad. 

Villa Esperanza era un complejo residencial privado atendido y gestionado con propósitos sociosanitarios, junto a las unidades de diferentes tipologías de pacientes crónicos, se hallaba otra de rehabilitación temprana. Aunque no existía una unidad de hospitalización psiquiátrica, estaba autorizada para el tratamiento a sus residentes y contaba con un buen equipo de médicos y terapeutas versados en las diferentes patologías que podían causar daño psiquiátricas y neurológicas. 

Además de la confianza que me inspiraba el camerunés Dr. Sigueira, Villa Esperanza contaba con unos interesantes jardines y un férreo control de rutinas. El tiempo muerto era tan despiadado que hasta las enfermedades salían despavoridas hacia otros cuerpos más briosos que poseer.

Inexplicablemente para el fruto tan amargo que recorría mi cabeza, las primeras semanas me encontraba relajada y feliz. Me abandonaba al estado narcótico y dejaba la visión seguir: 

Marcus amasaba con con otros tres niños vestidos con similares chaquetas de lana. Había un horno de piedra en un jardín interior. Entraba la luz por entre la urdimbre de cañas que constituía una especie de techado. 

Otro día recogía guisantes todavía con dificultad por el vendaje en el pie. Un tercero ayudaba a una niña a freír picudos rojos para el aperitivo. Un hombre de mediana edad supervisaba de vez en cuando sus tareas y alimentaba a varios niños y ellos le obedecían con disciplina férrea.

Marcus además asistía con devoción a las reuniones con una vieja señora que le enseñaba música, autocuidado y pre-lectura. 

Por la noche, en el adosado junto a Marisa, practicábamos ejercicios de memoria y anotábamos en el expediente de Marcus B.P, los descubrimientos del día. Obviando consideraciones sobre explotación infantil y el estilo laxo de supervisión podría decirse que parecía que tenía un hogar seguro.

Durante los dos primeros meses, El Dr. Sigueira diagnosticaba que se trataba de una alucinación pero no encontraba el resto de la sintomatología que pudiera señalar que tipo de trastorno la causaba. Me prescribía diferentes modalidades y combinaciones de medicamentos, advirtiéndome que estaba recurriendo auna metodología de ensayo y error. 

A veces me levantaba sedada y rígida, tanto que me asignaron también una jóven auxiliar, Eva, que hacía prácticas en el centro, y me apoyaba en el aseo resultando hábil en tratar, por su experiencia propia, la rebeldía con la que mi pelo rizado desafiaba al orden. 

Doña Marisa se reía de los efectos en mi de los neurolépticos, y me pedía que le contara como seguía la historia de Marcos, entonces también venía Eva, y Paco, que aún con la paresia en sus brazos se las apañaba para dibujar al niño. Damaris, subrayando la revista en la mesa contigua, prestaba simulada atención y en algún momento aprovechaba para traer a la memoria alguna cita bíblica sobre principios en educación familiar, tal cual señalaba la última Atalaya, y nos proponía asistir a alguna de las reuniones de su congregación.

Quique Sigueira no impedía el volar de mis alucinaciones, se quedaba en ocasiones con nosotros tomando tensiones y revisando pieles y terminaba sentado con los demás escuchando también hipnotizado sobre la vida del menor y del alcance del enigma que constituía su vida.

Si quieres mejorar vas a tener que dejar que sea su familia quien le cuide.- Me dijo por la tarde en las sesiones habituales de control de peso en su despacho.

Anotó mi peso en la ficha y me indicó que me sentara. 

No encuentro tampoco nada en las pruebas ordinarias que pueda sugerir una enfermedad orgánica. Quizás sea necesario practicar pruebas radiológicas más específicas. 

Aquella noche entraría en un estado onírico ininterrumpido que me haría acompañar a Marcus durante las próximas 72 horas y me convencería de que el niño estaba realmente en peligro.



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CAPÍTULO II. VILLA ESPERANZA por Nuria Quiles Péres se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://aybarbarita.blogspot.com.es/2013/02/capitulo-ii-villa-esperanza.html.

7 comentarios:

  1. ¡Joé con la intriga! ¿Por dónde nos va a salir esta Barbarita?

    Gracias.

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    1. Plaza, tú siéntete libre para señalarle salidas a barbarita, ya ves que le cuesta pensar con claridad.

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  2. ¡ Como me gusta ese Doctor Sigueira !
    ¡ Un psiquiatra que le escuche a una sus alucinaciones, que le acompañe en ellas, y que le conduzca a una para sacarles provecho !

    ¿ Donde Cae Villa Esperanza ? Sería una dirección para atesorar.

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    1. Yo creo que algo tiene que ver la escuela camerunesa. Algún día tendremos que averiguar algo más de ese rara combinación de procedencia y nombre...De momento le pediré permiso al doctor para darte su teléfono.

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  3. Joer Barbarita, leerte a primera hora de la mañana, le produce a uno una sensacion de estar en el limbo.

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  4. El anonimo es un "navegante solitario" jijji

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  5. :) Bon día navegante........ ¿en el limbo?. ¿no me he explicado muy bien,no?

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